Las elecciones celebradas en Aragón no solo han dejado un reparto de escaños: han dejado un aviso político. La izquierda ha perdido porque dejó de representar, y la ultraderecha ha crecido porque ocupó ese vacío sin complejos. No es un accidente, es una consecuencia.
La izquierda aragonesa llegó a estas elecciones sin relato, sin conflicto y sin ambición. El PSOE, eje histórico del espacio progresista, ha vuelto a refugiarse en un discurso administrativo, plano, incapaz de interpelar a quienes viven con salarios que no alcanzan, alquileres imposibles y pueblos que se vacían.
El problema no ha sido solo perder votos, sino perder presencia. La izquierda no estuvo donde debía: en los barrios castigados, en el Aragón rural olvidado, en el malestar cotidiano. Habló desde despachos cuando la gente pedía posición política y cuando no hay posición, hay abandono.
A ello se suma una fragmentación irresponsable del espacio progresista, más centrado en disputas internas que en construir una alternativa reconocible. Demasiadas siglas, demasiados matices, ninguna dirección clara.
La ultraderecha entra por la puerta que nadie defendió, mientras la izquierda dudaba, Vox avanzó. No porque tenga mejores soluciones, sino porque sí tiene un discurso: simple, agresivo y emocional. Donde la izquierda ofreció tecnicismos, la ultraderecha ofreció enemigos. Donde hubo silencio, aparecieron gritos.
Vox ha capitalizado el enfado social, señalando culpables fáciles y vendiendo una falsa rebeldía que, en realidad, protege a los de siempre y golpea a los de abajo. Su crecimiento no es ideológico en origen, es el resultado directo de una izquierda que renunció a disputar el malestar.
La ultraderecha no convence, ocupa y lo hace cuando nadie defiende con claridad los derechos, los servicios públicos y la igualdad desde una posición firme.
El dato más demoledor no está solo en los escaños, sino en las urnas vacías. Miles de votantes de izquierdas no se pasaron a la derecha, se quedaron en casa. La abstención es el síntoma más claro de una crisis de representación. Cuando la política deja de ofrecer esperanza material, la gente se desconecta y ese abandono no queda neutral, beneficia siempre a los extremos autoritarios.
Lo ocurrido en Aragón no es un castigo coyuntural. Es una advertencia estructural. Si la izquierda sigue evitando el conflicto social, renunciando a un discurso claro y confundiendo gestión con proyecto, la ultraderecha seguirá creciendo.
Porque el espacio político no se evapora. Si la izquierda no lo ocupa con una propuesta valiente, alguien lo hará con odio y exclusión. Aragón no ha girado a la extrema derecha por convicción masiva. Ha girado porque la izquierda decidió no estar.








