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Cambio climático: ¿realidad científica o manipulación mediática?

Grupo de Trabajo de Energía y Medioambiente del PCE por Grupo de Trabajo de Energía y Medioambiente del PCE
11/02/2026
en Sociedad y Ciudadanía
Cambio climático: ¿realidad científica o manipulación mediática?

Emisiones atmosféricas | Fuente: Tony Webster / wikimedia commons / CC BY 2.0

El verdadero origen de nuestra inacción no es la falta de evidencia, sino haber permitido que una idea fabricada en un laboratorio de marketing se haga pasar por escepticismo científico.

Por mucho que la ciencia se empeñe, la tierra seguirá siendo plana para una parte significativa [1] de la población mundial. Y no importa que haga más de 2.000 años que Eratóstenes midiera la circunferencia de la Tierra con dos palos, y que la cantidad de pruebas científicas de su esfericidad sea abrumadora: esta parte de la población prefiere creer que las instituciones —la NASA, los gobiernos, las universidades— mienten por sistema para controlar a la población. Si admiten que la Tierra es esférica, sienten que están «sucumbiendo» al pérfido engaño de la élite.

Para este grupo de conspiranoicos de cuarto milenio, que siguen asegurando que las estelas de condensación de los aviones son en realidad químicos soltados por el gobierno para controlar el clima y causar enfermedades, mientras compran en sospechosas Webs enchufes mágicos que les aseguran la inexistencia de las leyes de la termodinámica, la evidencia científica es simple palabrería pagada por el Foro Económico de Davos, la Trilateral, el Grupo Bilderberg y los Illuminati.

Pero no tema el arriesgado lector: no son precisamente las opiniones de estos movimientos anticiencia de toda la vida el objeto de este artículo: sus opiniones son simplemente ridículas, y mueven a risa a cualquier persona con un mínimo de cultura científica; su existencia y permanencia no representan ningún peligro porque este revival del terraplanismo está fundado sobre las mismas bases del creacionismo religioso. La pretensión de nuestro artículo es muy otra: contribuir a desmontar alguna de las críticas —verosímiles y generalmente muy bien argumentadas— de ciertos grupos científicos denominados genéricamente «negacionistas» a las conclusiones del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, IPCC, una síntesis de miles de trabajos científicos sobre este tema. [2]

Aunque objetividad no es sinónimo de neutralidad, intentaremos manejar argumentos basados en las posiciones científicas más abiertas intentando evitar, en la medida de lo posible, la descalificación de sus argumentos basándonos solamente en las fuentes de financiación de estos grupos.

¿Clarificar la controversia?

Escuchar a los que tienen una opinión distinta a la nuestra puede resultar agotador, pero es condición indispensable para poder analizar objetivamente la validez o falsedad de sus argumentos. El ser «escéptico» o «mundialista» no es como ser del “Barça” o del “Madriz”. Por mucho que algunos berreen contra el consenso científico esto no va de votaciones sino de método científico.

Clarificar la controversia es un interesante opúsculo sobre el tema del Cambio Climático que tuve ocasión de criticar hace a lo mejor más de un año, y que por motivos diversos se quedó sin publicar; ahora intentaré aprovechar parte de aquel trabajo como guía para este. Cuestión de rentabilizar el esfuerzo; en términos intelectuales, que uno y otro son —como de costumbre— pro bono.

Aunque a fuer de sincero he de decir que no es la única razón: me gusta también el título porque es toda una declaración de intenciones: “clarificar”, que no «negar«, «refutar» o «atacar«, que carecen de ese tono conciliador. Como diciendo: déjame que te explique, que eres muy burro. Y controversia, o sea debate científico abierto sobre la causa del calentamiento, dando a entender que tal debate no existe, que las opiniones científicas que se separan del consenso general — “verdad oficial” en su terminología— sufren el acallamiento y la censura:

¿Saben qué es lo más grave? Que muchos hayan normalizado la censura. Que hayamos naturalizado la imposición de narrativas únicas. Que aceptemos que exista una verdad oficial y, frente a ella, el resto son “negacionistas”. Eso, señoras y señores, no es ciencia. Es totalitarismo con bata blanca.

¿A que suena esto? ¡Justo! A los argumentos de los terraplanistas. Y a esa actitud intelectual de acusar a los demás de nuestras propias intenciones. Incluso a un cierto victimismo. De hecho, es habitual leer en alguna de sus comunicaciones referencias a Galileo, que alguien con cierta vena humorística calificó como:

Gambito de Galileo

Galileo también fue un rebelde que se alzó contra el consenso científico de su época, lo que le costó la condena de la Inquisición. ¡Y tenía razón!

Invocar a Galileo para defender el negacionismo climático es un insulto a su memoria. Galileo luchó para que los hechos observados prevalecieran sobre el dogma; los autodenominados «escépticos» luchan para que el dogma económico prevalezca sobre los hechos observados. Pero desmontemos este «Gambito de Galileo» con argumentos científicos, no con literatura social.

  • El Consenso que se oponía a las teorías de Galileo era teológico, no Científico:  esta es la más grave de las manipulaciones en las que se basa este gambito: en el siglo XVII, el «consenso» que condenó a Galileo no se basaba en el método científico sino en el dogma y la interpretación literal de las Escrituras.
  • La “rebeldía” de Galileo estaba fundamentada en datos. A Galileo se le acabó dando la razón no por oponerse a las teorías establecidas sino porque sus observaciones explicaban hechos que el sistema ptolemaico no podía explicar.

El sistema científico actual está diseñado para triturar consensos. Si un investigador lograra demostrar mañana con datos sólidos que el cambio climático no existe o no es de origen antropogénico, ganaría el Premio Nobel, no la condena de la Inquisición: La mayor gloria en la ciencia es derribar una teoría establecida. Si el consenso científico sobre el tema se mantiene, no es por dogmatismo, sino porque la evidencia es tan masiva que nadie ha logrado presentar una hipótesis alternativa que se sostenga en pie.

De consensos y disensos

Uno de los argumentos más repetidos en las comunicaciones de los grupos instalados en la disidencia intelectual es el tema del “consenso”. Argumentan que en las ciencias naturales no existe el concepto de «consenso», calificándolo de expresión «anticientífica», añadiendo que, en la actualidad, el consenso es una herramienta política utilizada para silenciar a quienes plantean preguntas incómodas o revisan datos sin prejuicios, para terminar con una afirmación de indudable atractivo intelectual que nadie medianamente informado estaría dispuesto a contradecir:

La ciencia se basa en datos empíricos y experimentales; «el único juez es la naturaleza» y no la opinión mayoritaria de un grupo.

Lástima que esta frase tan brillante parta de una verdad absoluta para llegar a una conclusión engañosa. Porque es cierto que la ciencia se basa en datos empíricos y experimentales; y también que no es cuestión de opiniones ni de mayorías: aunque mañana el 99% de la población vote que la gravedad no existe, las cosas no empezarán a flotar en el aire. La realidad física es independiente de nuestros deseos o de lo que vote un comité.

Sin embargo, es una falacia afirmar que el único juez es la naturaleza. Y lo es porque la naturaleza no «habla» directamente y con una interpretación unívoca, como puede hablar un juez: la naturaleza emite datos; datos que necesitan ser interpretados y que de hecho lo son. Cuando «los Cebollas» [3] dicen eso de que «el juez es la naturaleza», lo que en realidad están sugiriendo, en un ejercicio de soberbia intelectual disfrazado de humildad científica, es que su interpretación de los datos es la que representa la voz de la naturaleza, mientras que la del grupo de «los Sandías» son solamente opiniones manipuladas políticamente.

La misma falacia que definir el consenso científico como la «opinión mayoritaria», opinión esta que implica el acallamiento del resto de opiniones científicas. El consenso científico no es eso, y lo saben bien, sino el reconocimiento colectivo de que los datos de la naturaleza apuntan en una dirección; la explicación que queda en pie cuando todas las demás hipótesis han sido falsadas. Y eso no implica cerrar la mente sino mantenerla abierta: no se puede hablar de ciencia establecida (settled [4]) en el sentido de cerrada al progreso, porque la Ciencia si está cerrada al progreso deje de ser, por definición, ciencia.

Y la naturaleza ya ha hablado a través de indicadores físicos difíciles de interpretar de forma opuesta a las conclusiones del IPCC. Cuando la evidencia es tan masiva y proviene de tantas disciplinas distintas (oceanografía, geología, botánica, física atmosférica), la «opinión del grupo» deja de ser opinión para convertirse en la descripción de la realidad.

Decíamos en las primeras líneas que “la pretensión de nuestro artículo [era la de] contribuir a desmontar alguna de las críticas de ciertos grupos científicos […] a las conclusiones del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático”. Alguna porque resulta totalmente imposible pretender tratar ni siquiera uno de los aspectos de este debate con un mínimo de rigor científico. Así que, imitando al método que parecen practicar nuestros queridos oponentes con los datos para llegar a alguna de sus conclusiones, repito la vieja salmodia:

«Pinto, pinto, gorgorito, saca la mano de veinticinco. ¿De qué vas a hablar?: de cómo sabemos que el CO2 es o no antropogénico.

La firma isotópica [5] del carbono

Uno de los lugares comunes de mucha de esta literatura científica se basa en que resulta imposible atribuir un origen antropogénico al aumento de CO2 en la atmósfera cuando una erupción volcánica emite una cantidad muy superior a la que pueda emitir la quema de combustibles fósiles y la industria de todo el planeta. Y la contestación es sencilla: solamente hay que ir a buscar los datos. Y el resultado es sorprendente:

  • Emisiones Volcánicas: Se estima que todos los volcanes de la Tierra (tanto terrestres como submarinos) emiten, de media, entre 0,13 y 0,44 gigatoneladas (Gt) de CO2 al año.
  • Emisiones Antropogénicas: Solo por la quema de combustibles fósiles y la industria, los humanos emitimos cerca de 35-37 gigatoneladas (Gt) al año (datos de 2023/2024).

¡Demoledor! Los seres humanos emitimos cada año entre 80 y 100 veces más CO2 que todos los volcanes del planeta juntos.

Pero es que, para colmo de males de estos grupos, es el hecho de que el dióxido de carbono en el aire tiene una firma isotópica que podemos medir. El científico clave de este descubrimiento es Hans Suess, un físico-químico austríaco que en 1955 publicó un estudio fundamental [6] que conecta la quema de combustibles fósiles con el cambio en la composición de la atmósfera.

El Carbono existe en la naturaleza en tres formas o isótopos principales:

  • El Carbono-12; 12C: El más común, ligero y estable.
  • El Carbono-13; 13C: Un poco más pesado, también estable.
  • El Carbono-14; 14C: Radiactivo. Se desintegra con el tiempo (se usa para datación).

La materia orgánica —plantas, madera, carbón, petróleo— tienen una concentración de 12C mucho más alta que la atmósfera, y mucho más baja de 13C. Como el petróleo y el carbón son plantas que murieron hace millones de años, su Carbono-14 ya ha desaparecido por completo (se ha desintegrado).

El Efecto Suess se basa precisamente en la medición de la proporción de isótopos en el CO2 del aire Si el contenido de 13C es inusualmente bajo la causa más probable es que estamos llenando la atmósfera de carbono procedente de plantas (combustibles fósiles) que son pobres en este isótopo. Igualmente sucede para el 14C. Si el contenido de este isótopo en el CO2 es casi inexistente es que estamos quemando carbón y petróleo, materias orgánicas tan antiguas que ya carecen de este isótopo.

Lo cierto y medible es que la atmósfera se está volviendo isotópicamente más ligera. Y la única forma de que esto ocurra es que estemos quemando materia orgánica antigua. Que el CO2 es antropogénico no es una suposición: la industria ha dejado su huella dactilar en el aire.

La Incepción de la Duda

Para terminar. Al igual que en la obra de Christopher Nolan, los grupos de «escépticos» no buscan ganar un debate con datos, sino ejecutar una incepción: implantar una idea en el subconsciente colectivo hasta que la sociedad la asuma como propia. Al apropiarse de la figura de Galileo o distorsionar conceptos como el de “ciencia establecida”, estos mercaderes de la incertidumbre siembran la semilla de una duda que parece brotar del librepensamiento, cuando en realidad es el fruto de una cuidadosa ingeniería de relaciones públicas.

Sin embargo, frente a la arquitectura de sueños y sombras de los grupos de presión disfrazados de librepensadores, la ciencia cuenta con una ventaja que ni siquiera la mejor “implantación” puede anular: la realidad física. Mientras los disidentes de salón discuten sobre semántica en las universidades, la naturaleza —ese juez que no atiende a ideologías— ya ha dictado sentencia a través de la física y la climatología. El verdadero origen de nuestra inacción no es la falta de evidencia, sino haber permitido que una idea fabricada en un laboratorio de marketing se haga pasar por escepticismo científico.

Notas:

[1] Según estudios recientes se estima que entre el 4% y el 5% de la población española sostiene creencias de este tipo. Cerca del 10% de los adultos estadounidenses tienen dudas o creen firmemente que la Tierra es plana. Entre los más jóvenes estos porcentajes pueden estar entre el 20y el 30%

[2] Los estudios alrededor del Cambio Climático se han venido desarrollando en los últimos ciento cincuenta años. El descubrimiento del efecto invernadero por Joseph Fourier es de 1824. Eunice Newton Foote demostró mediante experimentos que un cilindro lleno de CO2 se calentaba mucho más que uno con aire normal y predijo que, si la atmósfera tuviera más de ese gas, la temperatura del planeta subiría. Svante Arrhenius calculó cuánto subiría la temperatura si duplicáramos el porcentaje de CO2 en la atmósfera. Guy Stewart Callendar, tras revisar registros climáticos de décadas, demostró que tanto la temperatura como los niveles de CO2 en la atmósfera no dejaban de ascender y apuntó su vinculación con la quema de combustibles. En 1957 Roger Revelle y Hans Suess publicaron un estudio donde afirmaban que la humanidad estaba realizando un «experimento geofísico a gran escala» al devolver a la atmósfera el carbono almacenado en las rocas durante millones de años. El cambio climático no es una «teoría de moda»: es física del siglo XIX.

[3] «Cebollas» es una denominación humorística de los grupos de escépticos antes descritos. Responde a la de «Sandías» empleada por estos para describir a los ecologistas, verdes por fuera, rojos por dentro. Cebollas porque si les quitas la capa de «libertad de cátedra», la “independencia de pensamiento” y la de «escepticismo científico» lo que queda es un cheque de una fundación ligada a los combustibles fósiles.

[4] «Establecido» es uno de los términos malditos en el ámbito académico; fundamentalmente por el uso que los grupos de «escépticos» hacen de él. Lo que la ciencia SÍ considera establecido en este terreno son el conjunto de leyes fundamentales de la física que ya no necesitan ser demostradas cada vez que se hace un estudio, como las leyes de la termodinámica, el efecto invernadero o la relación entre los gases de efecto invernadero y la temperatura global.

[5] Isotópica, no isotrópica, como he leído en algún documento. Un isótopo es una variante de un elemento químico que tiene el mismo número de protones, pero distinto número de neutrones en su núcleo. La isotropía es la característica de un cuerpo o de un medio físico de presentar las mismas propiedades en todas las direcciones.

[6] Suess, H. E. (1955). «Radiocarbon Concentration in Modern Wood«. Science, 122(3166), 415-417.

Fuente: Mundo Obrero

Tags: Cambio ClimáticoCiencia
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