Hay cifras que deberían provocar escándalo internacional. En Cuba, la sobrevida del cáncer infantil había superado el 80%. Hoy ronda el 65%. No es un derrumbe científico, no es negligencia médica, ni es retroceso profesional. Es asfixia económica.
El Ministerio de Salud Pública de Cuba ha reconocido que los protocolos han debido ajustarse por falta de medicamentos e insumos esenciales. En oncología pediátrica, “ajustar” significa algo brutal: usar lo que haya, no lo que corresponde, y el cáncer no perdona improvisaciones.
El recrudecimiento de sanciones no aparece en los hospitales como un discurso. Aparece como:
– Quimioterapias que no llegan.
– Equipos sin piezas de repuesto.
– Proveedores que cancelan contratos por miedo a sanciones.
– Pagos internacionales bloqueados.
– Costos triplicados por intermediarios forzados.
Un informe de Naciones Unidas ha documentado cómo las restricciones financieras afectan el acceso a tecnologías médicas, reactivos y tratamientos oncológicos. No es consigna, está escrito en documentos oficiales.
La Organización Panamericana de la Salud ha reiterado que la supervivencia del cáncer infantil depende del acceso continuo y estable a medicamentos esenciales, sin continuidad, la tasa cae. Y cayó.
De 8 de cada 10 niños que podían salvarse, hoy sobreviven alrededor de 6 o 7. Eso no es estadística, es una diferencia de vidas.
Traducido, por cada 100 niños con cáncer, alrededor de 15 más podrían no sobrevivir hoy respecto a lo que era posible antes.
Quince.
Quince familias más destruidas.
Quince camas vacías.
Quince cumpleaños que no llegan.
Y nadie puede alegar ignorancia. Las sanciones financieras están diseñadas precisamente para dificultar transacciones, importaciones, acceso a mercados.
Cuando el sistema bancario bloquea pagos para comprar medicamentos, el efecto no es abstracto. Es clínico.
Se habla de “presión política”. Se habla de “estrategia diplomática”. Se habla de “castigar al gobierno”. Pero la enfermedad no distingue entre gobierno y paciente.
Un niño con leucemia no negocia geopolítica.
Un niño con un tumor cerebral no entiende sanciones.
Un niño solo necesita tratamiento completo y a tiempo.
Cuando una política provoca escasez de medicamentos vitales en un sistema de salud, esa política tiene consecuencias humanas directas, y cuando esas consecuencias reducen la supervivencia infantil, el debate deja de ser ideológico. Pasa a ser moral.
Que se diga claro, no es un “daño colateral”. Es el resultado previsible de restringir acceso a financiamiento, tecnología y comercio en un país que depende de importaciones médicas. Se puede estar a favor o en contra de un sistema político. Lo que no se puede es fingir que una caída del 80% al 65% en supervivencia infantil no tiene responsables estructurales y directos.
La historia juzga las guerras.
La historia juzga los bloqueos.
La historia también juzga el silencio.
Y hoy el silencio pesa 15 vidas por cada cien.








