Cuando Fidel Castro afirmó: “Sí, nosotros leemos a Lenin…”, no estaba presumiendo de lecturas ni recitando una consigna ideológica. Estaba marcando una frontera. Leer a Vladimir Ilich Lenin no era para él, un acto cultural: era una condición mínima para entender la política como herramienta de transformación y no como simple administración del orden existente.
Porque Lenin no se lee para repetirlo, se lee para aprender a pensar. Quien se acerca a su obra descubre algo incómodo para el progresismo superficial: que la política no se reduce a buenas intenciones, que la lucha de clases no desaparece porque se la ignore, y que, sin organización, conciencia y poder, la clase trabajadora no avanza.
Decir que quien no lee a Lenin es un ignorante no es un insulto personal; es una constatación política. Ignorante no es quien no comparte sus conclusiones, sino quien opina sobre revolución, Estado o poder sin haber pasado por el esfuerzo de comprender cómo funcionan realmente. Es la ignorancia de quien habla de “cambio” sin tocar las estructuras que producen la desigualdad.
Lenin enseñó que no basta con la espontaneidad, que las luchas económicas por sí solas no derriban sistemas, y que sin una teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario capaz de sostenerse en el tiempo. Enseñó, sobre todo, que el enemigo no es un partido concreto, sino un sistema entero que se defiende con leyes, ideas, instituciones y violencia cuando hace falta.
Por eso, buena parte de la izquierda contemporánea evita a Lenin. No porque esté “superado”, sino porque exige demasiado. Exige coherencia, exige organización, exige asumir que el poder no se mendiga ni se gestiona: se disputa. Leerlo obliga a abandonar la comodidad del reformismo eterno y a enfrentar preguntas que no caben en campañas electorales ni en discursos moderados.
Fidel lo entendió. No leyó a Lenin para citarlo, sino para actuar. Para adaptar, no para copiar. Para pensar la revolución desde la realidad concreta, no desde manuales muertos.
Leer a Lenin no garantiza ser vencedores absolutos. Pero no leerlo y, aun así, hablar de izquierda, de socialismo o de emancipación sí garantiza algo: hablar sin comprender el terreno que se pisa y en política, esa ignorancia no es inocente: siempre termina favoreciendo al sistema que se dice combatir.
Leer a Lenin no garantiza la victoria, pero no leerlo garantiza la derrota.








