Nuestras sociedades modernas siguen siendo sociedades del trabajo. Max Weber, en La ética protestante y el espíritu del capitalismo lo definiría como «la ética laboral moderna», por la cual el trabajo se convierte, no en un medio para satisfacer ciertas necesidades, sino en un fin en sí mismo. Sociedades del trabajo donde el género y la raza sigue siendo ejes de conflicto. Donde el capital sigue chupando trabajo vivo, o lo que es lo mismo, tiempo de nuestras vidas, para su propia reproducción.
De estas cuestiones hablamos con Alfredo Apilánez, profesor de economía en lo que probablemente denomine como trabajo de mierda en el sentido de David Graeber, pues admite que tiene que «vomitar de alguna manera toda la bazofia que les inoculan a los pobres adolescentes». En 2021 publicó Las entrañas de la bestia: la fábrica de dinero en el capitalismo desquiciado, donde se plantea la naturaleza del dinero y el desconocimiento de su carácter para la mayoría de la población. En esta ocasión abordamos su obra más reciente, titulada Contra el culto al trabajo: clase, reproducción social y subversión de la vida cotidiana. En ella discute sobre la crisis de la izquierda tradicional, el papel del feminismo y de los movimientos ecologistas, y el papel del trabajo en la sociedad capitalista. Con él conversamos para entender qué implicaciones tiene la dinámica del capital en nuestras vidas; qué papel juegan los diferentes ejes de conflicto en las luchas anticapitalistas; y cómo hemos convertido el trabajo en objeto de culto.
En Contra el culto al trabajo recoges bastantes citas de autores marxistas, feministas y ecologistas y, de alguna manera, los pones a debatir sobre temáticas como la relación capital-trabajo, trabajo doméstico o la crisis ecosocial. ¿Qué fue lo que te llamó a escribir este libro?
El origen era una insatisfacción que yo tenía ante dos cuestiones. En primer lugar, el planteamiento de la izquierda tradicional, lo que yo llamo el paradigma ortodoxo, que viene del siglo XIX, del origen del movimiento obrero. Se basa en un principio supremo, que es la afirmación de que el sujeto histórico, encargado de realizar la transformación social, la lucha contra el capitalismo, es la clase trabajadora. Porque la clase trabajadora es el sujeto explotado, es el colectivo explotado directamente por el capital a través de la extracción de plusvalía. Casi todos los teóricos clásicos afirmaron que esa explotación, ese sufrimiento directo de la mecánica capitalista, era lo que provocaba la adquisición de una conciencia de clase oprimida o explotada y, por tanto, la condición de sujeto revolucionario encargado de la transformación social. A mí me parecía que ese paradigma estaba obsoleto que ya no se ajustaba a la época actual.
Esa sensación, que era un poco intuitiva desde hace muchísimo tiempo, se fue estructurando a partir del conocimiento de la crítica del valor, que es una tendencia marxista heterodoxa que surge, sobre todo, a partir de los años 70 en Alemania en un colectivo que se llama Krisis. Para mí el autor clave, que apretó el gatillo en mi cerebro, y que me hizo estructurar toda esta argumentación, fue Moishe Postone. Como habrás comprobado, le cito muchísimo, y tiene un libro magnífico que se llama Tiempo, trabajo y dominación social.
Postone dice que la izquierda tradicional, el planteamiento ortodoxo, es una crítica del capitalismo desde el punto de vista del trabajo, o del trabajo asalariado. Es decir, es una crítica interna al capital, que no es superadora de la relación social capitalista. Para Postone lo que hace Marx no es una crítica desde el punto de vista del trabajo de la clase trabajadora, sino una crítica del trabajo capitalista, es decir, del trabajo como eje que proporciona cohesión a toda la sociedad, a toda la organización social. Afirma que el trabajo, el trabajo asalariado, es decir, el trabajo como un fin en sí mismo, sin importar la utilidad que tenga, es algo específico del capitalismo. Esto es algo que no ha existido nunca en la historia salvo en la época capitalista porque sirve a esta acumulación infinita que representa la valorización del valor.
Lo que dice Postone, que es un poco lo que yo adapto o utilizo, es que lo importante no es la crítica de la explotación, aunque también sea importante, sino que hay que ir un paso más allá, es decir, lo que hay que hacer es una crítica del trabajo, del trabajo en sí mismo como actividad separada. Este fue un poco el gatillo que se disparó y a partir del cual yo comencé el planteamiento del libro.
El segundo pilar fue el famoso en su época, ahora no tanto, debate sobre el trabajo doméstico. Este es el planteamiento del feminismo marxista de los años 70, que hace una crítica muy profunda a la izquierda tradicional y también a Marx. Empezando por las obras de Federici, que quizás sea la más conocida, aunque hay muchas otras autoras que yo cito. Lo que dicen estas feministas marxistas es que la teoría de Marx tiene un punto ciego. Este punto ciego es la ignorancia o la omisión, mejor dicho, de toda la esfera reproductiva. Para Marx la esfera reproductiva no se considera porque no está monetizada, es decir, no es una esfera que contribuya a la generación de valor, no es productiva. Pero lo que Marx olvida es que, aunque no esté monetizada, es indispensable, es esencial para el funcionamiento de lo que ellas llaman la fábrica social.
Una de las cosas más interesantes es que eres un autor que te propones compaginar la tradición anarquista con el marxismo. Te quería preguntar hasta qué punto para ti la crítica de la economía política de Marx sigue siendo útil para entender nuestras sociedades modernas, la sociedad del siglo XXI.
Yo creo que no solo sigue siendo útil, sino que es indispensable. La crítica de la economía política de Marx es la única realmente profunda y completa de lo que representa la dinámica de la acumulación capitalista. Hay un ejemplo muy sencillo, lo que Marx llama el sujeto automático, que simplemente es la dinámica endógena de la acumulación, que es de sentido común, o sea, esto lo entiende un niño de 10 años. Lo que pasa que no se explica en ninguna escuela ni en ninguna facultad de economía.
Marx también habla de la renovación de las fuerzas productivas para ahorrar costes laborales, aumentar la productividad y así también la extracción de plusvalor. Todo ello no solo sigue vigente, sino que es la única explicación de la degradación de la organización social capitalista Esta sustitución de trabajo por capital se va intensificando ahora con la inteligencia artificial, con toda la revolución de la informática, de las telecomunicaciones que está en curso. En realidad es la fosa que cava el propio capitalismo para su funeral. Esto, era un poco lo que decía Marx. Por eso es tan importante hablar de contradicciones.
Esta contradicción fundamental entre, por un lado, las necesidades de la rentabilidad del capital, de sustituir trabajo para ahorrar mano de obra, etcétera; y por otro lado, la dinámica endógena del sistema que cada vez va a agotar la savia bruta de la que mana su jugo, digamos, su extracción de riqueza, sigue completamente vigente.
Precisamente Marx aborda una de las contradicciones que también está en tu libro. La del crecimiento exponencial de la tecnología y la maquinaria, pero a la vez la incapacidad del capital para reducir el tiempo libre de la sociedad, sino al contrario. ¿Esa contradicción en algún momento crees que estalla o puede seguir al infinito?
Aquí entra la destrucción ecológica, la destrucción de lo que Marx llamaba el metabolismo con la naturaleza que, por cierto, también es una consecuencia de esta dinámica endógena porque el ADN del capital se basa en sustituir trabajo por capital, es decir, en trabajo vivo por trabajo muerto y en revolucionar las fuerzas productivas, eso supone un incremento exponencial del consumo y de la extracción de materiales y de todo tipo de fuentes de energía. Este límite ecológico es un límite objetivo. Por cierto, que es un límite que no existía, o al menos no se tenía en cuenta, en la época gloriosa del movimiento obrero, empezando por Marx, que casi no lo considera salvo algunos atisbos mínimos.
La cuestión es si este límite provocará un colapso, como dicen los ecologistas. Hay un libro muy interesante de Fernández Durán y González Reyes que se llama En la espiral de la energía que dice que habría dos sendas, dos itinerarios. O bien un colapso rápido y catastrófico; una pérdida de complejidad de nuestras sociedades hipertecnológicas, hipercomplejas. O más bien una especie de descenso cada vez más pronunciado hacia la barbarie en todos los sentidos.
Entonces la cuestión es que al final el trabajo asalariado parece que es incompatible con la sostenibilidad planetaria.
Claro. Ahí entra la paradoja entre, por un lado, el carácter cada vez más prescindible, vamos a decir, de la fuerza de trabajo, de los trabajadores productivos para el capital debido a la sustitución por la tecnología; y por otro lado la dependencia que seguimos teniendo de un trabajo. El número de horas trabajadas en el mundo, pero también incluso en nuestros países hiperdesarrollados, apenas ha disminuido, incluso ha aumentado. Ahora mismo en España hay más personas trabajando que nunca.
¿Cómo se comprende esta paradoja? Yo trato de explicar también en el libro lo que explica Postone: esta paradoja se comprende pensando en la contradicción entre el valor y la riqueza. El valor es la savia bruta que alimenta al capital, que es el tiempo de trabajo, el trabajo como un fin en sí mismo. Pero resulta que a medida que se desarrollan las tecnologías ahorradoras de trabajo, ese trabajo es cada vez más prescindible para crear la riqueza social potencial. Actualmente existe tecnología desarrollada para sostener un nivel de vida digno, pero además digno y bastante confortable. Quizás no con tantos gadgets, no con tantos coches, no con tantas fruslerías o viajes en avión. Pero sí satisfaciendo las necesidades básicas con unas 12 horas de trabajo semanales. Esto yo lo pongo en el libro porque es una es una cita de un autor que se llama Jérôme Vaché.
Keynes ya decía que en el futuro se iba a reducir la jornada a 20, 15 horas, y bueno, nunca se ha cumplido.
No, no se ha cumplido por esta contradicción, porque el capital es un yonqui del tiempo de trabajo. ¿Qué ocurre? que lo que hace el capital, que es lo que ha ocurrido en las últimas décadas, es desarrollar una inmensa masa de empleos improductivos. Empleos terciarios, empleos nocivos, que no cumplen ninguna función de utilidad social.
Otro tema de debate que abordas es el de unir diferentes ejes de lucha: género, antiracismo, clase. Y también hablas un poco sobre la respuesta reaccionaria que ha habido a estas cuestiones por parte de grupos que se denominan ahora rojipardos. ¿Cómo se hilan en esas luchas? ¿se encuadrarían dentro de la dinámica del capital o son luchas autónomas?
Bueno, pues es muy buena pregunta. Esta dispersión, este desbordamiento del embate del capital contra todos estos ámbitos de la reproducción social conlleva una transformación también del sujeto revolucionario. Voy a poner un ejemplo: actualmente uno de los nichos principales de rentabilidad del capital, aquí en España pero también en todo el mundo desarrollado, es el sector inmobiliario. Bien, esto no era así en la época dorada del capitalismo industrial. ¿Y por qué ocurre? Ocurre porque este ámbito inmobiliario, que está muy conectado con el financiero, es un paliativo, es decir, una fuerza contrarrestante de la decadencia, de la pérdida de vitalidad del capital productivo. Esto ya lo explicó Harvey muy bien hablando del circuito secundario de acumulación.
¿Esto qué significa? que el ámbito de la vivienda es uno de los ámbitos neurálgicos de la resistencia anticapitalista. Y por eso actualmente desde la crisis de 2008 el movimiento de vivienda en España y en otros países ha sido uno de los más activos en la resistencia, en este caso contra una de las bases de la reproducción social como es la vivienda.
En segundo lugar, el tema del ecocidio que comentábamos antes. Es decir, las luchas en defensa del territorio, por ejemplo, contra el extractivismo capitalista. Es lo que están desarrollando, por ejemplo, los zapatistas últimamente, pero también aquí en España la resistencia contra los megaproyectos de energía renovable, eólica, solar, ahora el biogás o la biomasa… por no hablar de los centros de datos. Todas estas agresiones extractivistas del capital contra la riqueza, en este caso natural son los frentes donde actualmente, en mi opinión, se desarrollan las luchas anticapitalistas.
¿Y el movimiento obrero qué papel juega aquí?
El ámbito laboral sigue siendo importante, pero en mi opinión lo es desde un punto de vista defensivo principalmente, de reducción de daños. De hecho, en este país hace 40 años que no hay una huelga general digna de tal nombre. Este movimiento obrero es defensivo, tiene una función porque lógicamente hay que dignificar las condiciones de trabajo y hay que mejorar las condiciones de vida y los salarios, eso es evidente. Yo no lo niego en absoluto.
Pero a mí me parece que, en base a lo que decía antes del desbordamiento de la agresión del capital hacia todos los ámbitos de la reproducción social, las luchas más importantes actualmente, más estratégicas podríamos decir, se desarrollan en estos ámbitos de la reproducción social. Sin ir más lejos, el año 18, como recordarás, se produjo quizás la última huelga general digna de tal nombre en España, que organizó el movimiento feminista el 8 de marzo de 2018; una huelga general de cuidados. Aqui está la reproducción social, lo que llaman también la crisis de los cuidados muchas autoras feministas. La enorme presión que hay sobre las tareas de cuidados en esta sociedad tan despiadada, tan neoliberal, hacen que prácticamente la sociedad se divida en dos grupos cada vez más antagónicos: los que se pueden permitir los cuidados privatizados —es decir, contratar por ejemplo a una trabajadora, generalmente latinoamericana, para cuidar por ejemplo a las personas mayores de sus familias— y los que no se los pueden permitir. Estos grupos sociales que no se los pueden permitir están completamente desbordados con los frentes laboral, doméstico, etcétera.
En resumen, el embate del capitalismo contra todos estos frentes de la reproducción social es lo que para mí ha producido esta transformación radical de las luchas cotidianas.
En este punto te quería preguntar ¿no nos estamos quedando en proyectos meramente de resistencia y no hay proyectos de construcción de socialismo o como lo queramos llamar, de un mundo anticapitalista?
Claro, esa es la gran cuestión. Es lo que históricamente se llamó el problema del poder o también el problema de la eficacia revolucionaria. Aquí yo tengo que ser un poco realista; también podría decir pesimista. Como digo al principio del libro, tomando una expresión prestada de Manuel Sacristán: vivimos tiempos de derrota.
Es decir, que actualmente las organizaciones revolucionarias que quisieron asaltar los cielos en la época dorada del movimiento obrero han desaparecido y no ha habido una sustitución. Ahora mismo no existen organizaciones revolucionarias importantes en el mundo desarrollado, y yo creo que tampoco en el tercer mundo. En este escenario de desaparición de la ilusión revolucionaria —no solo ilusión, sino el proyecto revolucionario—, ¿cuál es el panorama que tenemos?
Yo creo que el panorama que tenemos para infundir un poco de optimismo no es reincidir en el paradigma tradicional. Es decir, por ejemplo, actualmente hay un colectivo que se llama el Movimiento Socialista, aquí en Cataluña es la Organización Juvenil Socialista. Son miles de jóvenes que yo me alegro muchísimo de que estén concienciados y que tengan un planteamiento revolucionario, anticapitalista, pero creo que yerran en cuanto al discurso y en cuanto a la estrategia. Porque su discurso es el paradigma tradicional. Ellos hablan de organizar de nuevo un partido internacional del proletariado y de seguir aspirando a la revolución mundial, lo que siempre se llamó asaltar los cielos.
Creo que ese es un paradigma obsoleto, lamentándolo mucho —porque obviamente todos lo lamentamos—, ese escenario ni está ni se le espera en estos tiempos de derrota. Hay que tener en cuenta que, dentro del proletariado en un país como España —clase trabajadora que no tiene medios de producción—, hay nada menos que 15 millones de hogares propietarios de su vivienda, y muchos de ellos también arrendadores. Es decir, gente que alquila viviendas. Creo que esa creencia en el sujeto tradicional del proletariado, de la clase trabajadora, es un error. Si descartamos esa opción, vamos a decir canónica u ortodoxa, ¿qué nos queda? Que es un poco el aspecto positivo que yo trato de transmitir también en el libro y creo que puede ser bastante fértil. Nos quedan las resistencias y las luchas un poco más concretas, un poco más situadas.
Por ejemplo: hace dos meses hubo aquí en Cataluña una movilización que se llama Revoltes de la Terra, que se inspira el movimiento francés de Soulèvements de la Terre. Yo participé en esta movilización de Revoltes de la Terra porque me invitaron a una charla, y allí había miles de personas, casi todos jóvenes, pero no solo. Esta movilización de miles de personas se desarrolló contra una multinacional ecocida y sionista, que es una multinacional israelí que en un lugar cerca de Manresa, en Cataluña, pues está explotando unas minas de fosfatos para producir fertilizantes, pero también fósforo blanco, que es un arma terrible que está prohibida por las convenciones de derechos humanos. Esta multinacional como muchas otras está destrozando el territorio: está contaminando los acuíferos, el río Llobregat, está vertiendo tóxicos.
A mí eso me parece un ejemplo de las características que pueden tener actualmente las luchas sociales más eficaces. Por un lado, la resistencia, en este caso ante los megaproyectos o las industrias extractivistas. Por otro lado, que es otro rasgo muy importante del planteamiento que yo trato de hacer en el libro, la construcción de vida comunitaria. Es decir, de nuevas relaciones sociales, de nuevas formas de convivencia.
Como el subtítulo del libro: subvertir la vida cotidiana
Claro. Estas luchas concretas no aspiran a asaltar los cielos, a construir la organización revolucionaria del proletariado y todo esto que, como decía antes, a mí me parece un error. Aunque insisto que actualmente hay también miles de personas, jóvenes en su mayoría, que aspiran a ello y que, en cierta forma, yo también lo celebro porque, al fin y al cabo, representa una vocación antagonista y revolucionaria, aunque esté equivocada. Estas otras formas de lucha que también se desarrolla en muchos centros sociales, ocupados o autogestionados existen actualmente en nuestras ciudades. Combinan esos dos rasgos: la resistencia y la construcción de formas de vida de nuevas formas de vida comunitaria. Ahí es donde yo creo que se pueden hacer transformaciones reales que, entre otras cosas, superen la privacidad y la atomización de nuestras sociedades.
Hay una expresión que a mí me gusta mucho, que la pongo en el libro, la puse también muchas veces en los otros libros. Es de unos jóvenes que están en un barrio ocupado en Vitoria, que se llama Errekaleor. Ellos tratan de organizar la subsistencia cotidiana, los suministros, de una manera comunitaria. La frase que decían era: «es absurdo tener una lavadora en cada casa».
Nosotros en nuestro hogar privado, cada uno tiene su lavadora. Igual en un edificio de 20 viviendas hay 20 lavadoras. Cuando eso, desde el punto de vista ecológico, incluso desde el punto de vista racional, es absurdo. Podría haber una sola lavadora comunitaria, como existe en algunos sitios. Por ejemplo, en Estados Unidos es bastante habitual. Esos modelos de convivencia comunitaria, que además se pueden desarrollar aquí y ahora, a pesar de las dificultades que provoca el entorno hostil, a mí me parece que son las formas de lucha más potentes. Aunque sin hacerse ilusiones tampoco, con sus limitaciones y con sus defectos también.
Para concluir con un tono más optimista, recojo una pregunta que tienes en el libro: ¿qué significaría vivir en una sociedad que ya no está basada en el trabajo?
Esto tiene mucho que ver con lo que estaba comentando ahora. Voy a decirlo de una manera así un poco poética en una expresión que me gustó mucho de Edward Palmer Thompson, que yo siempre he admirado mucho. En Costumbres en común él analiza el tema de la organización del tiempo y del trabajo, sobre todo en la transición al capitalismo. Y explica cómo el reloj se fue imponiendo en las fábricas un poco para marcar los ritmos de la vida cotidiana y la transición entre el trabajo, el ocio, etcétera. Aquí al final plantea un escenario un poco utópico que describe como «el ritmo fluido de los quehaceres». Esta frase a mí me pareció maravillosa.
Lo que dice Thompson es que este «ritmo fluido de los quehaceres» rompería los guetos que ahora mismo aíslan, por un lado, la actividad laboral asalariada; las actividades de cuidados, ubicadas en la privacidad de las familias; las actividades de subsistencia; incluso las actividades recreativas, lúdicas, pero también de enriquecimiento personal, culturales, de formación, etcétera. A mí me parece que ese sería un escenario utópico. Podría ser un escenario factible teniendo en cuenta el desarrollo actual de las fuerzas productivas. Eso sí, partiendo de que muchas de ellas habría que eliminarlas por tóxicas, ecocidas, etcétera. Pero, bueno, nos podríamos organizar para para quedarnos con una parte de este enorme aparato científico-técnico que ha desarrollado el capital para ponerlo a nuestro servicio y lograr que las actividades más de subsistencia fueran lo que nos llevaran el mínimo tiempo posible. Lo que decía Marx en alguno de sus arrebatos utópicos: dedicarnos al tiempo libre y al enriquecimiento personal.
Eliminar todo lo posible el reino de la necesidad y ampliar el reino de la libertad.
Sí. Porque la pregunta es: ¿por qué cualquiera de nosotros no puede dedicar un rato por la mañana a recoger la basura en su barrio, otro rato a cuidar a los hijos o a las personas, y otro rato también a actividades más personales, de enriquecimiento? Es decir, «el ritmo fluido de los quehaceres» Es cierto que sería necesaria una organización, no me gusta mucho llamarlo planificación, pero sí una organización. El horizonte podría ser ese, es decir, liberar a la humanidad de la lógica del valor, de este sujeto automático que nos tiene esclavizados para rendirle el tributo de nuestro tiempo que solo sirve para su propio enriquecimiento. Es lo que Marx llamaba «el vampiro de trabajo vivo». Si nos liberáramos de este vampiro que nos tiene esclavizados se abriría un horizonte de posibilidades extraordinario.








