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Entrevista a Carmen Guillén: «el Patronato de Protección a la Mujer fue una herramienta de control biopolítico»

Avanzada Redacción por Avanzada Redacción
04/07/2026
en Cultura, Nacional
Entrevista a Carmen Guillén: «el Patronato de Protección a la Mujer fue una herramienta de control biopolítico»

Durante toda la época del franquismo y parte de la democracia funcionó en España una institución dedicada al control y la disciplina de la conducta femenina. Organizado a lo largo de toda la geografía española a través de juntas, el Patronato de Protección a la Mujer se convirtió pronto en una de las herramientas de represión de la moralidad, la sexualidad y de corrección política. Allí se enviaban a las mujeres que se consideraban inmorales desde la perspectiva del régimen: un beso en una verbena del pueblo, relaciones sexuales fuera del matrimonio, asistir a una manifestación, eran múltiples los hechos que justificaban el internamiento en los muchos de sus centros. Una maquinaria engrasada por las congregaciones religiosas asociadas a la Iglesia Católica, las cuales ofrecieron instalaciones, estructura organizativa y experiencia.  

Camen Guillén ha estudiado el fenómeno del Patronato. Primero con una tesis doctoral, y ahora con la publicación del libro: Redimir y adoctrinar: El Patronato de Protección a la Mujer (1941-1985), con el objetivo de explicar cómo operaba una de las instituciones represivas más desconocidas del franquismo. En él explica el funcionamiento interno del Patronato, con Centros de Observación y Clasificación donde se evaluaba el grado de inmoralidad o de “desviación” de la interna, se la sometía a diferentes pruebas de clasificación. Entre estas, pruebas ginecológicas que determinarían si la mujer era “completa” o “incompleta”, es decir, si era virgen o no. A partir de ahí se decidía a qué tipo de centro de internamiento se la enviaría: de prevención, de rehabilitación, centros maternales o de vigilancia tutelar. 

Muchos de estos centros funcionaban como verdaderas cárceles, donde además las internas realizaban trabajo forzado como costura, bordado y otras labores que se consideraban propias de su género. En ellos se propiciaron violaciones de los derechos tan graves como el robo de bebes a madres a las que no se consideraba preparadas para ello o eran “descarriadas”. San Fernando de Henares es un ejemplo de la dureza a la que se sometía a las mujeres, pues contaba con: «puertas blindadas o celdas de aislamiento» y «“salas de reflexión y catarsis”, habitaciones acolchadas que funcionaban como espacios de castigo individual». 

A menudo la historia de la represión franquista se ha vinculado a la limpieza ideológica de la posguerra, a la tortura, el exilio o la clandestinidad. En esta ocasión entrevistamos a Carmen para comprender qué fue y cómo operó una de las instituciones represivas más desconocidas del franquismo que llegó a sobrevivir a la democracia, hasta 1985. Anclado en la lógica de la ingeniería social del nacionalcatolicismo, el Patronato trabajó durante más de 40 años auspiciado por el silencio social y, en especial, el silencio político. 

El libro que has publicado es fruto de una síntesis de tu tesis doctoral. En él explicas que, en torno al Patronato, además de un silencio social y político, hubo otro silencio historiográfico. ¿Cómo repercute ese silencio cuando investigas por primera vez sobre el Patronato?

Muchísimo. Cuando yo llego a la institución llego por pura casualidad, no tenía una intención directa de estudiar el Patronato porque no había nada desde el punto de vista historiográfico. Quería investigar sobre prostitución en el franquismo y cuando llego al archivo todo empieza a remitirme a esa institución que yo, desde luego, no conocía. El punto de partido era la nada absoluta. Había algunas menciones en algunos estudios sobre género y franquismo, pero ninguno desarrollaba ni siquiera la extensión cronológica que tenía, la disposición geográfica. Era algo que no existía, no estaba hecho. Entonces me obliga a partir de base, a tirar de un hilo y empezar a buscar información. Yo creo que ese vacío historiográfico respondía fundamentalmente al gran problema de abordar el Patronato que es la pérdida documental. El Patronato tenía una Junta Nacional, esa Junta llegó a conservar 1186 cajas de documentación que, casualidades de la vida, el sótano del archivo en el que se encontraba se inunda y se conservan solo 31. Entiendo que si alguien había tratado de investigar sobre esta institución se había encontrado con un agujero negro enorme de documentación. 

Mi primer impulso es dejar esa vía de estudio, mejor no hacer la tesis doctoral. Luego me enfrenté a ese vacío tratando de hacer historia desde los márgenes. Si había una Junta Nacional y una Junta Provincial en cada provincia eso significaba que cada provincia habría conservado documentación. Así que le envié un correo a todos los archivos provinciales de España. Apunté los que me respondían positivamente, sí tenemos documentación, y cuánto te dejamos ver. Porque ahí está la segunda parte, en ese vacío documental hay que superponer la ley de protección de datos. Esa ley dice que si hay documentación que tiene que ver con el honor y con la honra la decisión última de que te dejen verla pasa por el director o directora del archivo. Así se daba la circunstancia de que algunos me dejaban ver todo, otros una parte, y otros nada. 

A menudo los historiadores vinculan el nacimiento del Estado moderno con la creación de instituciones represivas (policía, prisiones, etc.) ¿Piensas que el Patronato fue una pieza fundamental en la construcción del Estado franquista o, por el contrario, jugó un papel secundario?

Creo que jugó un papel más importante del que se le ha otorgado tradicionalmente en la medida en que era una institución de control del cuerpo y de la conducta femenina, una cosa muy concreta. Eso le permitía perpetuarse en el poder. El control del cuerpo, de la sexualidad y de la conducta femenina, tradicionalmente, no solo en el Estado franquista, sino en las dictaduras en particular, pero te diría que en los Estados en general, han sido una herramienta clave para perpetuar un statu quo de lo masculino y lo femenino. Dónde debe estar ubicado la mujer, dónde debe estar ubicado el hombre y qué se le permite hacer a cada uno. Como la mujer ha sido tradicionalmente un objeto represivo en sí mismo, ha sido al mismo tiempo un vector de transmisión de esa represión, porque ha estado vinculado al cuidado de la familia, de los hijos. Era el eslabón fundamental para transmitir las ideas que un régimen quería transmitir. En este caso las ideas de que, desde el punto de vista natural y biológico, la mujer debía quedarse sin trabajar, cuidando de la familia, de los hijos… Si una mujer estaba convencida de esas ideas, esas ideas eran las que iba a transmitir a su prole. Controlar la conducta femenina ha sido una pieza clave para perpetuar ciertas ideas. Así creo que el Patronato de Protección a la Mujer ha sido la institución de control más importante con esa orientación, en especial porque está dirigido a jóvenes, a menores de edad, esa es la población fundamental que tienes que atacar, digamos. Si tú convences a esa población, esa población va a reproducir ese mensaje. 

La descripción que haces del funcionamiento del Patronato tiene algo muy foucaultiano. En especial, la obsesión por categorizar y clasificar a las mujeres y estudiar su comportamiento a través de métodos pseudocientíficos. ¿De dónde provenía esa obsesión del Patronato por tecnificar el estudio del comportamiento y clasificar a las mujeres a partir de ello? 

El título es un guiño a Vigilar y castigar, me hubiera encantado titularlo Vigilar y castigar, pero ya estaba cogido, entonces dije, bueno, pues Redimir y adoctrinar. Pero sí que tiene esa orientación foucaultiana porque para mí el Patronato de Protección a la Mujer es una herramienta de control biopolítico. Entra dentro de esas ideas biopolíticas de Foucault. Esto se contesta un poco con lo que hemos dicho antes, esa obsesión por clasificar y ordenar viene sobre todo por la idea del contagio. Es muy curioso que el detonante que hace que surja el Patronato es la prostitución clandestina. Cuando las mujeres ejercían fuera de los márgenes legales las llevaban a cárceles donde había presas políticas. Es interesante ver cómo escribían en los expedientes: tenemos que generar unos nuevos espacios especiales, porque las presas políticas son rojas, pero al menos son morales, a ver si se van a contagiar. Esta idea del contagio, que en realidad nace en el siglo XIX y se desarrolla a principios del XX, nace con figuras como Vallejo Najera, que recupera ideas que están realmente denostadas a nivel internacional y las pone otra vez en el centro de atención. Las utiliza para justificar la creación de espacios específicos para mujeres que se prostituían, como el Patronato de Protección a la Mujer o la Obra de Redención de Mujeres Caídas. 

Toda esta obsesión por clasificar es para tratar de que no se contagien entre ellas, establecer categorías de moralidad: eres más peligrosa desde el punto de vista moral o menos peligrosa desde el punto de vista moral. Por eso a lo largo de los más de cuarenta años en que funciona el Patronato se establecen diferentes tipologías de centros: reformatorios que eran cárceles en estado puro; las casas familias, que eran más laxos; los centros maternales para mujeres embarazadas. Toda su obsesión era separarlas y organizarlas según categorías difícilmente justificables porque no hay ningún parámetro. ¿Cómo se mide la inmoralidad? La inmoralidad al final, para mí, tiene que ver más con los ojos de quien mira que con el hecho en sí mismo. 

A otro elemento al que también le das mucha importancia es al cuerpo de las mujeres. El cuerpo tanto como objeto de control como la única herramienta de resistencia de las víctimas. ¿Por qué el cuerpo de las mujeres era tan importante tanto para las víctimas como para los victimarios?

El control del cuerpo femenino era muy importante con vistas a la reproducción. Lo único por lo que se entendía útil a la mujer era por su capacidad reproductora. Hay una compañera mía historiadora que me gusta mucho citar, se llama Sofía Rodríguez, que ha generado el concepto de parteras de la patria, y me parece muy adecuado. El cuerpo de la mujer se convierte en un espacio de control en vistas a fomentar la natalidad, penalizar el aborto, penalizar el uso de anticonceptivos. Por eso era importante para los victimarios, por su utilidad dentro el régimen y su obsesión de llegar a los 40 millones de habitantes. 

Para ellas es importante porque es su trinchera, es lo único que tienen para luchar y para rebelarse contra el sistema en el que están. Ese sistema de control que las despoja de todo, incluso de su propia identidad. La única manera que tienen de exteriorizar un dolor de tipo psíquico es materializándolo a través de un dolor físico. Consuelo por ejemplo me contaba que se había autolesionado dándose golpes en los pómulos para que la cara se le inflamase y tuviese un hematoma. Era para que ese dolor que ella estaba sufriendo psicológicamente fuera visible para el resto. 

Si hay una constante en la historia del Patronato es la Iglesia Católica. ¿Por qué el régimen delegó una parte del disciplinamiento ideológico a la Iglesia? 

Por dos cosas. La primera era porque los objetivos en materia de moralidad y sexualidad eran los mismos. El modelo de mujer ideal del franquismo vivía del modelo tradicional que había tenido la Iglesia. Una mujer sumisa, abnegada, decente, vinculada al hogar, a la familia, a los hijos, una devota religiosa. En segundo lugar, porque ya tenían una tradición muy larga de redención femenina. El Patronato de Protección a la Mujer no deja de ser un sistema que financia, burocratiza y dispone territorialmente algo que se venía haciendo desde fuera del Estado: las casas de galera, las casas de acogida, las casas de María Egipciaca son sistemas exactamente iguales vinculados a las religiosas que lo que tratan es redimir a las mujeres que se consideran descarriadas. 

Entonces, por un lado, tienes que el pensamiento de la Iglesia es exactamente igual que el pensamiento del nacionalcatolicismo en materia del ideal de mujer y, luego por otro lado, que llevan siglos haciéndolo. No es que de cero digan: oye, vosotras tenéis que aprender a hacer esto, a tratar con estas mujeres. No, si es que ya tienen una tradición muy larga. 

Cuentas en el libro que el perfil de las mujeres y los motivos del internamiento eran muy diversos. Sin embargo, mencionas casos de represión política, como el de Consuelo García del Cid, a quien sus propios padres denunciaron tras asistir a una manifestación por el asesinato de Puig Antich. ¿El Patronato también fue una herramienta de represión política como lo fue, por ejemplo, la Dirección General de Seguridad (DGS)? 

No diría tanto. Me parecería excesivo otorgarle la etiqueta de ser una herramienta represiva también desde un punto de vista político, porque era mucho más represivo desde el punto de vista moral. Lo que sí que es cierto es que esto les servía para controlar políticamente a una parte de la población que no podían entrar oficialmente en prisión, que eran las menores de edad. Si una menor de edad empezaba a generar tensión con el discurso franquista, o ir a esas manifestaciones, en especial en la etapa final, si que servía en ese caso como herramienta de control político. Así que al final cualquier tipo de disidencia, ya fuera de tipo moral, sexual, o en este caso política, podía ser motivo de internamiento dentro de estos centros. Pero desde luego el grueso de expediente y de casos que tenemos es de mujeres consideradas rebeldes de la norma moral, no tanto de la norma política.  

En la historiografía se suele dividir el periodo del franquismo en primer y segundo franquismo. Este último caracterizado por cierto aperturismo, liberalización, expansión del turismo, etc. Sin embargo, en tu investigación resaltas que el Patronato fue prácticamente impermeable a cualquier transformación, exceptuando una reforma en el año 52. ¿Por qué esta institución tuvo esa capacidad de permanecer inamovible en el tiempo? 

No es solamente que no hubiese una apertura, incluso yo te diría que se volvieron más estrictos. La reforma del 52 fue para ampliar competencias dentro de la institución. Esa ley por ejemplo les permitía quedarse con la patria potestad de las jóvenes. Luego es curioso ver cómo en los informes sobre moralidad pública, a los que tenemos acceso solo hasta el 75, en el último año del franquismo, piden una reforma legislativa para ampliar competencias. Quieren empezar a internar a jóvenes en vez de con 16 con 14 años, porque dicen que esas mujeres están sometidas a las mismas pasiones e instintos malévolos que las que tienen 16 años. Entonces podemos decir que permanece como una isla dentro de todos los cambios sociales que está viviendo España incluso en los años 80.

 A mí para ilustrar esto me gusta siempre contar una anécdota de Consuelo García del Cid. Ella estuvo internada a partir del 75, ya había fallecido Franco, vivió la muerte de Franco dentro. Cuando consiguió salir a trabajar y volver a la institución, cuando la pasaron de un centro de reforma a un centro de rehabilitación, cuenta que siempre pasaba por un quiosco y que un día vio una revista de Interviú, y vio una mujer desnuda. Y llegó al centro diciendo: chicas, pobrecita, he visto una chica desnuda, mañana la van a traer a aquí. Y dice: y nunca la traían. Me parece que esa anécdota ilustra muy bien la dicotomía que estaban viviendo esas mujeres, la realidad de la España de los años 70-80 y cómo el Patronato permanecía como una suerte de isla moral. 

En relación con la transición, sabemos que en España no fue un proceso que originase una ruptura drástica con las instituciones franquistas.  ¿El hecho de que el Patronato durara hasta 1985 se debe a la naturaleza de nuestra transición o hay otros motivos? 

Yo creo que sí, pero en gran medida se daba el hecho de que las congregaciones religiosas formaban parte del paisaje cultural de España mucho antes de la llegada del franquismo. El nombre del Patronato de Protección a la mujer no era conocido como estructura, lo que conocía la gente es que en su ciudad o en su pueblo había una congregación de monjitas que cuidaban a muchachas que no se portaban bien. La metodología que había dentro, los motivos de internamiento no era algo que política ni socialmente se cuestionase. Cuando se empieza a señalar a ciertas estructuras, instituciones o legislaciones del franquismo para tratar de desarticularlas paulatinamente durante el proceso de la transición el Patronato no llama la atención. Digamos que no se entiende como un exceso del franquismo porque simplemente se diluye entre todo lo que estaba pasando en España. Esto demuestre el final de la institución, que viene con la muerte de una joven menor de edad, en unas circunstancias muy extrañas, dentro de uno de los centros la institución. Eso se tapa muy rápido, pero al final sale a la prensa nacional, desencadena cierto revuelo y ello provoca que se entre dentro de los centros por parte del alcalde del pueblo, del presidente del Consejo Superior de Menores, y que vean las condiciones y lo que está pasando allí dentro. Ello provoca que aparezca una ley de presupuestos que le quita la financiación a la institución. 

Pero no hay una reflexión política, ni social, no hay un anuncio en prensa que diga: se ha desarticulado el Patronato de Protección a la Mujer, como sí ocurre con otros instrumentos de control vinculados al franquismo. Es un final por la puerta de atrás, y para mí tiene que ver con el hecho de lo normalizado que estaba la presencia de las congregaciones religiosas en todas las ciudades. 

Para terminar. ¿Qué falta todavía en materia de memoria y reconocimiento de las víctimas del Patronato?

Hemos conseguido algunas cosas en estos últimos años. Hace relativamente poco se le hizo un reconocimiento simbólico como víctimas de la represión franquista en un acto organizado por el Ministerio de Justicia. Fue un acto bonito y necesario, porque valida su forma de vida, pero queremos un paso más. Lo primero que pedimos, tanto el colectivo de investigadoras como el colectivo de supervivientes, es un reconocimiento oficial como víctimas de la represión franquista. Esto implica un cambio en la Ley de Memoria Democrática y que haya una línea específica que hable de ellas, porque solo así se les podrá hacer un proceso de reparación de tipo económico. Lo segundo es la creación de una comisión oficial de investigación por parte del Estado que implique una apertura total de los archivos, tanto públicos como privados de la Iglesia. Lo tercero es que se incluya dentro de los currículums educativos al Patronato de Protección a la Mujer como forma de represión específica hacia las mujeres por el hecho de ser mujeres. Luego que se hagan investigaciones específicas sobre las empresas que contrataban los servicios del Patronato como Iberdrola, Iberia o El corte inglés y hasta qué punto ellos sabían quiénes eran la mano de obra de los que ellos se estaban lucrando y beneficiando. Que se reconozcan los años que estuvieron internas como años cotizados. Por último, que se haga un banco oficial de ADN para tratar de conectar a madres y a hijos e hijas de bebes robados. 

Estas serían más o menos las demandas que queremos, y además con prisa. Principalmente porque son muy mayores. La más mayor tiene noventa años. No queremos que les den un dinero a sus nietos, queremos que el tiempo que les quede tengan una vida digna. Hay dos que están a punto de ser desahuciadas y la solución que le da el Estado es que las lleven con las monjas. Así que con prisa porque son mayores, y con prisa porque cambia la legislatura y no sabemos lo que va a pasar. Cuando llegó Mariano Rajoy ya recordamos ese titular en el que dijo: si llego al poder no voy a dar ni un euro a memoria histórica, y lo cumplió. 

Tags: MachismoMemoria Democrática
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